En el fondo del mundo, un témpano enorme con forma de botella amenaza desde hace algún tiempo con sembrar la destrucción a su paso. La nave espacial Envisat, de la ESA, vigila cada uno de sus movimientos.
Cada verano, del frío continente antártico se desprenden trozos gigantescos de hielo flotante. Sin embargo, algo especial sucedió en marzo de 2000, cuando una sección del tamaño de Jamaica se separó de la plataforma de hielo de Ross.
En los años siguientes, el iceberg más grande conocido del mundo se partió en numerosos trozos. El bloque más grande, conocido como B-15A, acabó llegando al estrecho de McMurdo, donde bloqueó las corrientes oceánicas y provocó una acumulación de hielo marino.
Esto creó inconvenientes a los barcos de suministro que intentan alcanzar las bases científicas. La acumulación de hielo marino también obstaculizó a los pingüinos el acceso a sus zonas de alimentación naturales.

En las últimas semanas el B-15A continuó su avance imparable hacia una larga lengua de hielo que se interna en el mar. A principios de enero la distancia se había reducido a menos de 4 km.
Los científicos creían que se produciría un choque de gigantes cuando el B-15A colisionara con la Lengua Glaciar Drygalski. Sin embargo, el iceberg parece haberse detenido de pronto y podría incluso haber invertido ligeramente su rumbo.
Al parecer, el B-15A podría haber encallado en un mar de escasa profundidad. ¿Logrará la influencia de los vientos, las mareas y el deshielo del fondo que vuelva a flotar en libertad?
Pase lo que pase, el radar del Envisat ‘verá’ a través de las nubes antárticas para ofrecer a los investigadores una vista privilegiada.