Hace diez años, el 1 de marzo de 2002, se lanzó desde Kurú (en la Guayana Francesa) el mayor satélite de observación terrestre jamás construido. Desde entonces, este ingenio de ocho toneladas, llamado Envisat, ha dado la vuelta a la Tierra más de 50 000 veces. En su recorrido, observa continuamente la atmósfera, el suelo, los océanos y las capas de hielo del planeta mediante diez sofisticados instrumentos.
Gracias a estos instrumentos, ahora sabemos cosas de la Tierra que, de otra forma, hubiera sido imposible saber. Por ejemplo, el verano pasado, un radar de Envisat detectó que el grosor de la capa de hielo del Ártico había descendido a niveles sin precedentes. Otros instrumentos nos han permitido descubrir agujeros en la cada vez más delgada capa de ozono, y observar la atmósfera contaminada de las grandes ciudades industriales o la progresiva desaparición de los bosques.

Envisat también nos ayuda a aprender más sobre el cambio climático, y sobre la temperatura del agua y la tierra. Incluso nos permite rastrear las placas de hielo o las manchas de vertidos en el mar.
Tras 10 años de servicio, este satélite continuará aportándonos datos cruciales sobre nuestro planeta al menos hasta 2013. Para entonces, la nueva generación de satélites, los Sentinel, estará plenamente operativa y tomará el relevo de este ojo gigante que nos contempla desde el cielo.